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El Casino se creó en enero de 1840 en una sala de la casa número 4 de la Plaza de la Constitución. Este edificio hacía esquina a la calle de la Candelaria o callejón del los Malteses. Posteriormente se incendió, levantándose en su lugar una construcción de dos plantas, conocida en su tiempo como Casa de Claveríe. Pero antes de que esto sucediese, la sociedad había mudado ya su sede dos veces. La primera ocasión tuvo como destino una casa vecina, la número dos de la plaza, el año 1850. Finalmente el 1860 se trasladaría al número 11 de la plaza, esquina a la calle de la Marina, a la edificación conocida como Casa Villalba parte del solar que ocupa el Casino actual. 

El proyecto del inmueble actual del Casino comenzó con la firma del enteproyecto en 1929 con el arquitecto Miguel Martín. Concebido siempre como un edificio-símbolo. Sus socios, desde que la idea de su reconstrucción fue un hecho, pidieron constantemente una fábrica "monumental" pero no sólo por lo que significaba socialmente este club, sino por su ubicación, o lo que es lo mismo, existía una conciencia ciudadana que exigía colaborar con el bien común que procuraba ennoblecer a todo costa la puerta de la ciudad, pues, desaparecido el castillo del San Cristóbal, el solar del Casino era uno de los que cerraban la gran exedra a la entrada del puerto.  

El proyecto debía cumplir dos funciones, la de local social y la de edificio comercial. En este binomio, la función social es prioritaria, de ahí que cuando se trazaron los espacios destinados a ser alquilados, se tuviera en cuenta no sólo la independencia de las dos áreas, sino también el que si el Casino tenía necesidad de ampliar sus espacios, lo haría siempre en detrimento del sector comercial por medio de obras que se podrían llevar a cabo con gran facilidad y economía de costo. 

El modelo de edificio erigido por Miguel Martín fue el racionalismo, si bien este modelo puede ofrecer la misma dignidad y representatividad que cualquier otro lenguaje, en esos años no era ni comprendido ni aceptado para ese fin. Fue necesario alguna evocación pseudoclásica que confiriera la dignidad deseada. 

La mejor prueba de la calidad de esta obra, es la unanimidad con que desde el principio la acogieron todos los socios, no precisamente vanguardistas. Hoy en día, desaparecido gran parte de su mobiliario original, cambiados incluso algunos espacios, el Casino sigue  siendo una lección del buen hacer de un arquitecto genial, genialidad que también es compartida por quiénes los supieron elegir. 

[Textos extraídos del libro "El Casino de Tenerife", 1840-1990, Agustín Guimerá Ravina y Alberto Darias Príncipe]

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